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El ser humano siempre ha sido un misterio para sí mismo (recordemos la conocida interrogante que se plantea San Agustín en sus Confesiones). Las preguntas esenciales en torno a esta cuestión, fueron formuladas a fines del siglo XVIII por el filósofo alemán Inmanuel Kant:
¿Qué puedo conocer?
¿Qué debo hacer?
¿Qué puedo esperar?
¿Qué es el hombre?
Y a ellas, añadió la observación de que… “a la primera responde la metafísica; a la segunda, la moral; a la tercera, la religión; a la cuarta la antropología” .
La urgencia del problema filosófico del hombre quedó plasmada en los documentos del Concilio Vaticano II. La Constitución Pastoral Gaudium et Spes, en su número 4, hace una afirmación que he tenido oportunidad de citar anteriormente, en esta misma publicación y que no resulta ocioso repetir en esta ocasión:
“En nuestros días, el género humano, admirado de sus propios descubrimientos y de su propio poder, se formula con frecuencia preguntas angustiosas sobre la evolución presente del mundo, sobre el puesto y misión del hombre en el universo, sobre el sentido de sus esfuerzos individuales y colectivos, sobre el destino de la humanidad.”
En el terreno de la Bioética, en el que cada vez con más fuerza se tiende a identificar lo ético con lo normativo e, incluso, con lo legal, la corriente de pensamiento que conocemos con el nombre de personalismo, se esfuerza para conciliar objetividad y subjetividad en una ética de los valores, capaz de superar los principios de corte utilitarista y la moral deontológica. Esto se ha llevado a cabo desde diversas posiciones, algunas fuera de todo apoyo en una ontología . El autor de estas líneas, prefiere basarse en la metafísica del ser, porque considera que ésta es la posición mejor fundamentada, al remitir la persona al ser. Es decir, el ser humano es digno porque "es más". Sólo a partir de este fundamento es posible construir una bioética plenamente respetuosa con la dignidad última de la persona humana. Esta dignidad es la que exige el máximo respeto y una efectiva tutela, desde que concluye el proceso de la concepción hasta el momento de la muerte natural, especialmente en toda ocasión en que se encuentre necesitada de ayuda. Según esta concepción, la persona humana es considerada como valor supremo, punto de referencia, fin y no medio. Y esto nos lleva de la mano a plantearnos la cuestión de la dignidad humana.
Se ha dicho en varias ocasiones que el término “dignidad humana” es una redundancia intencionada (en efecto, sólo el ser humano posee una dignidad que le es propia). Lo que no debe ser negociable, a juicio del autor de estas líneas, es el criterio de que la misma depende de la existencia y características esenciales de su ser, no de la posesión de determinadas cualidades o capacidades: Cada persona es única, irrepetible e insustituible, es un valor en sí misma y no puede ser instrumentalizada. Ese valor es absoluto en su ámbito y constituye el fundamento de los derechos humanos. Para el cristianismo, la dignidad propia que el hombre posee, le está conferida por ser imagen de Dios. Constituye un fin en sí mismo, que es anterior e independiente del de la especie, debido a su componente espiritual (el cuerpo humano es templo del Espíritu Santo). Algunas conclusiones preliminares a las que se puede llegar a partir de lo anteriormente expuesto, serían:
Ningún hombre puede estar en función de nada; ni de la raza, ni de la nación; ni de la clase, el Estado, el grupo intermedio o la sociedad.
La persona no puede quedar expuesta al capricho o al arbitrio de las decisiones de otros, ni siquiera al consenso obtenido por medio del diálogo.
No puede ser considerada como parte de una totalidad más grande o como pieza de un mecanismo: el principio, el sujeto y el fin de toda institución social, es la persona.
Llegados a este punto, resulta lógico plantearse preguntas tales como: ¿Qué define a una persona? ¿Cuándo surge el interés por esta definición? ¿Son personas todos los individuos de la especie humana? ¿Lo son en todas las fases de su desarrollo existencial?
Por lo pronto, es obvio que cualquier concepto debería referirse a lo que es común a todas las personas y, a la vez, a lo distintivo y singular de cada una; y concebirla como realidad subsistente en sí misma por la consistencia de su ser. Fue Severino Boecio, a comienzos del siglo VI d. C. quien enunció la definición que aún hoy resulta la más aceptada: La persona es una substancia individual, de naturaleza racional . Por substancia se debe entender aquí que se trata de un ente que, estando en sí, es indiviso en sí mismo y a la vez dividido de cualquier otro; lo que especifica como persona a esta substancia, es la capacidad de pensamiento abstracto, la reflexión y la autoconsciencia; es decir, su racionalidad. Con posterioridad, se ha pretendido mejorar esta definición, añadiendo aspectos como los sentimientos, las emociones, o la dimensión relacional ; pero esto tiene inconvenientes que, a continuación, se explicarán brevemente.
Pudiera resumirse las características de la persona humana, agrupándolas de la siguiente forma:
Raciocinio: Capacidad de conocer de mucha mayor amplitud y profundidad que cualquier otro ser vivo, así como de abstraer y generalizar.
Voluntad: Capacidad de orientar su vida hacia objetivos que –en parte- ella misma se propone, eligiendo entre varias posibilidades y seleccionando los medios para alcanzarlos.
Autoconciencia: Capacidad de volver sobre sus propios conocimientos y acciones, mediante la reflexión; e incluso de volver sobre sí mismo (en-si-mismarse). Sabe que sabe y se sabe existiendo.
Sociabilidad: Capacidad de crear relaciones de alto grado de complejidad y profundidad con otras personas, posibilidad de comunicación por medio del lenguaje oral, gestual, escrito o mediante imágenes.
Espiritualidad: Capacidad de cuestionarse sobre el sentido de la vida en general y de su propia vida en particular; necesidad de trascender al aquí y ahora de la existencia.
Sin embargo, no puede caerse en el error de hacer la valoración de la persona sólo a partir de las características señaladas anteriormente, o de cualesquiera otras; de esa forma se han justificado atentados atroces contra la vida y la dignidad de personas que carecen de razón (dementes, retardados mentales profundos); de libertad (esclavos o prisioneros de guerra); de varias de esas características a la vez (pacientes con trastornos psiquiátricos) y, sobre todo, de aquellos que aún las tienen sólo en potencia (embriones, recién nacidos). Lamentablemente, a través de la historia se ha educado en esa perversa concepción a muchas generaciones de humanos y aún se sigue haciendo .
Hablando en términos científicos, es un individuo de la especie humana todo ser viviente que posee un genoma humano. Y desde el punto de vista personalista y cristiano, todos los seres humanos son personas. Ahora bien, no puede perderse de vista que el ser humano se hace absoluto personal en el otro, como valor de valores. Dicho de otra forma, el hombre no puede ser hombre encerrado en sí mismo: necesita estar en relación con otros semejantes. No hay yo personal sin tú personal . El concepto de “prójimo” de Jesús de Nazareth nos dice que no basta ponerse en lugar del otro; hay que salir a su encuentro, como el samaritano de la parábola (Lc 10, 30-37). Y que no se debe amar sólo a los amigos, sino también a los enemigos (Mt 5, 44). Y en el orden colectivo, tampoco puede olvidarse que no hay persona sin comunidad: el hombre es, por íntima naturaleza, un ser social y “no puede vivir y desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás” (G.S 12). Todo ello se puede resumir con el término comunión interpersonal, tomado en su sentido literal de común-unión. Ello debe ser la base de una Bioética de inspiración cristiana: Quien está movido por el Espíritu del Amor y desea servir a los demás, siente la urgencia interior del recto obrar (Gal 5, 16).
El racionalismo y su interpretación del hombre, siguen influyendo hoy en día, de modo muy particular en el ámbito de la biología y la medicina. “Se suele afirmar que todo en el comporta¬miento humano tiene una explicación racional, desde las necesidades del hombre, que son las razones que determinan su actuar: Deseo de bien, deseo de placer, deseo de felici¬dad, deseo de vivir, deseo de saber, deseo de Dios, deseo de poder. Sin embargo, esa explicación racional no «entiende» —paradójicamen¬te— lo primordial del ser humano: su propia experiencia como alguien indivi¬dual, único, irrepetible, incomunicable en cuanto al ser, pero comunicable en cuanto al entender y el querer, y siempre desde la primacía de la libertad” . Esto permitió a un pensador tan agnóstico como Karl Popper, afirmar que “el materialismo radical es la filosofía de un sujeto que ha olvidado tenerse en cuenta a sí mismo” . En opinión del autor de estas líneas, que reducir al ser humano a esclavo de sus pulsiones instintivas, deseos o como quiera llamársele, significa negar su libertad interior. Es innegable que en todo miembro de la especie humana existen instintos anteriores a toda reflexión o aprendizaje, que posibilitan su desarrollo, la continuidad de la especie y su vida misma; pero el hombre es consciente del fin que persigue el instinto y de los medios para conseguirlo; por eso, puede salirse de ese “programa” y elegir entre varios medios e, incluso, entre satisfacer o no ese instinto. Esa contradicción entre los impulsos y los valores superiores de la naturaleza humana, frutos del razonamiento, la autoconciencia y la espiritualidad, fueron descritos de forma magistral por San Pablo en su carta a los cristianos de Roma y no deja lugar para las dudas acerca de que, para que la persona pueda responder de sí mismo, de su relación con sus semejantes y de su gestión en el mundo, necesita ser libre. Por ello, “Dios hizo al hombre al principio y le dio libertad de tomar decisiones” (Eclo 15, 14). Este sería el otro pilar de la Bioética de inspiración cristiana: la libertad de los hijos de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica, en su Nº 1731, nos ofrece una definición de libertad que se presenta a continuación:
“La libertad es el poder activo del hombre, radicado en la razón y la voluntad, de obrar o no obrar, de hacer esto o aquello”.
Sobre la relación indisoluble entre libertad, verdad y bien, hablaremos en una próxima ocasión, si, como esperamos, ello resulta del interés de nuestros lectores.
Bioética. Revista Vitral # 105, Año 18, Enero-Marzo 2012
2012-05-28
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