Panchita Barrios
Ocupa el primer lugar entre los que han vivido su fe cristiana con el alto grado de la caridad heroica en estas tierras pinareñas. Nació a mediados del siglo XIX en las lomas de la Cordillera de los Órganos, cercanas al pueblo de Sábalo. Esposa y madre ejemplar. Tuvo varios hijos. Mujer de poca instrucción escolar; pero que era capaz de leer los libros de San Alfonso María de Liborio y de otros autores cristianos. Catequista de sus hijos y de todos los niños del vecindario de aquel lomerío. Solícita enfermera de todas aquellas personas que vivían en la zona. Desde su pobreza compartió y dio hasta lo único que tenía con el fin de ayudar a los necesitados. Fue siempre una referencia moral y religiosa para sacerdotes y fieles del pueblo. Ayudó a los padres jesuitas Saturnino y Barguren y Jesús Rivera en las misiones realizadas en la zona llamada “Las Cuevas”, situada, en las lomas de San Juan y Martínez.
¿Dónde estaba el centro de su fe cristiana? En el amor al Santísimo Sacramento del Altar y a la Misa casi diaria, aun cuando vivía a 20 Km del templo parroquial, al cual acudía a caballo o a pie. Al amor Eucarístico, hay que añadir su amor a la Santísima Virgen María en su advocación de Nuestra Señora de las Nieves. A principios del siglo XX, construyó una ermita de tablas y tejas dedicada a esta advocación mariana en la zona de “Las Cuevas”, aunque ella vivía en un bohío de tablas, guano y piso de tierra. A esa ermita iban los vecinos de “Las Cuevas” al piadoso ejercicio “De las flores de Mayo”, y al rezo del Santo Rosario. El párroco celebraba la Santa Misa en ese lugar cada 5 de agosto.
Una anécdota de la vida de Doña Panchita que revela la calidad de la fe católica de esta persona: en 1897, cuando el General Bermúdez , notable por su crueldad y sus crímenes, atacó el pueblo de Sábalo, esta recia católica se presentó ante él, y antes que el militar mandase a quemar la Iglesia de Sábalo, ella le pidió que le entregase el copón con el Santísimo Sacramento del Altar, las imágenes de los santos y los libros parroquiales. Todo esto lo trasladó en carreta hasta su lejano bohío. Allí los custodió hasta el fin de La Reconcentración. Concluida la herida profunda de la Reconcentración, el cura párroco de lo que hoy es la Catedral de Pinar del Río, en una mañana, vio desde lejos, que una mujer con un velo sobre su cabeza y una vela encendida en su mano derecha venía a pie al lado de una carreta en la que venían el Santísimo y los demás objetos religiosos con el fin de entregárselos a él. Mamá Panchita murió el 18 de junio de 1925. En 1960, el entonces P. Siro, reedificó la ermita de la Virgen de las Nieves, y allí en el lado derecho del retablo colocó los restos de esta santa católica.
N. B.: Poco tiempo después, en medio de la Guerra de Independencia, el General Máximo Gómez llevó a Bermúdez a Consejo de Guerra Sumarísimo, y fue condenado a la Pena de Muerte por fusilamiento. Antes de ser fusilado, el mismo Máximo Gómez lo degradó.
Caridad Cabrera
Hija de Doña Panchita. Nació en “Las Cuevas” de San Juan y Martínez a finales del siglo XIX. Todos los que la conocieron testimonian, de modo unánime, que su vida era más santa que la de su madre. Esposa y madre de varios hijos. Desempeñó abnegadamente las mismas labores hogareñas y apostólicas que Mamá Panchita; pero en el Valle de Isabel María, donde vivió con su esposo y sus hijos. Murió a temprana edad, antes que su madre, el 20 de diciembre de 1903.
Matilde Cabrera
Nieta de Doña Panchita y sobrina de Caridad Cabrera. Nació a fines de la segunda década del siglo XX en “Las Cuevas”. Murió en el año 2007, Pinar del Río. Ella siempre se sintió como una humilde continuadora de la obra de su abuela. Vivió hasta hace unos pocos años, antes de fallecer, en “Las Cuevas”, donde quedó sola, debido al traslado de los vecinos de aquel lugar, a zonas urbanas. Catequista de su antiguo vecindario mientras hubo niños en el lugar. Animadora de la fe de sus vecinos durante los difíciles años de la Revolución. Custodia de la capilla fundada por su abuela. Su vida matrimonial fue muy dura: un esposo rudo que no la comprendía y la maltrataba verbalmente, en lo que él sabía que le dolía más: Dios. Sus hijos, como los de casi todos los padres, no resultaron ser como ella deseaba. Nunca se quejó. Sufría y lloraba estos dolores en el silencio de su bohío. Tampoco se quejó de las penurias materiales que vivía: falta de alumbrado, ausencia de agua de tubería, pues ésta había que traerla desde el río que se encontraba a un kilómetro de su bohío. Como es lógico, no tenía refrigerador, ni plancha eléctrica, ni televisor; sólo un radio de pilas; y así vivió hasta el inicio del siglo XXI. Por todas estas razones, nunca dejó de atender con esmero a su esposo, a sus hijos y sus nietos.
¿De dónde sacaba Matilde esta fortaleza de alma? De la misma fuente de donde la sacó su abuela y su tía: La Fe Católica. Los domingos y algunos otros días de la semana, caminaba a pie los 7 Km que mediaban entre su bohío y el entronque de la playa de Boca de Galafre, donde cogía la guagua que la conducía hasta San Juan y Martínez, distante del entronque referido a 14 Km. Al templo llegaba, no pocas veces, en ayunas, y con mucha antelación al comienzo de la Misa. Allí se arrodillaba en el reclinatorio a rezarle al Santísimo y rezarle el Rosario a la Virgen. También, no pocas veces, se desmayaba; pero su gran gusto era ser así, viviendo estas finuras de la fe en su Dios. Terminaba la Misa, hacía el recorrido inverso hasta su bohío.
No por esto dejaba de atender al esposo, a los hijos y a los nietos. Matilde era una mujer de un cuerpo muy delgado; pero de ademanes tan delicados, suaves y dulces, como si hubiera sido educada en un colegio de nobleza aristocrática. |