Encontrarnos con el Resucitado

por: José Antonio Pagola

Según el relato de Juan, María de Magdala es la primera que va al sepulcro, cuando todavía está oscuro, y descubre desconsolada que está vacío. Le falta Jesús. El Maestro que la había comprendido y curado. El Profeta al que había seguido fielmente hasta el final. ¿A quién seguirá ahora? Así se lamenta ante los discípulos: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.
Estas palabras de María podrían expresar la experiencia que viven hoy no pocos cristianos: ¿Qué hemos hecho de Jesús resucitado? ¿Quién se lo ha llevado? ¿Dónde lo hemos puesto? El Señor en quien creemos, ¿es un Cristo lleno de vida o un Cristo cuyo recuerdo se va apagando poco a poco en los corazones?
Es un error que busquemos “pruebas” para creer con más firmeza. No basta acudir al magisterio de la Iglesia. Es inútil indagar en las exposiciones de los teólogos. Para encontrarnos con el Resucitado es necesario, ante todo, hacer un recorrido interior. Si no lo encontramos dentro de nosotros, no lo encontraremos en ninguna parte.
Juan describe, un poco más tarde, a María corriendo de una parte a otra para buscar alguna información. Y, cuando ve a Jesús, cegada por el dolor y las lágrimas, no logra reconocerlo. Piensa que es el encargado del huerto. Jesús solo le hace una pregunta: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿a quién buscas?”.
Tal vez hemos de preguntarnos también nosotros algo semejante. ¿Por qué nuestra fe es a veces tan triste? ¿Cuál es la causa última de esa falta de alegría entre nosotros? ¿Qué buscamos los cristianos de hoy? ¿Qué añoramos? ¿Andamos buscando a un Jesús al que necesitamos sentir lleno de vida en nuestras comunidades?
Según el relato, Jesús está hablando con María, pero ella no sabe que es Jesús. Es entonces cuando Jesús la llama por su nombre, con la misma ternura que ponía en su voz cuando caminaban por Galilea: “¡María!”. Ella se vuelve rápida: “Rabbuní, Maestro”.
María se encuentra con el Resucitado cuando se siente llamada personalmente por él. Es así. Jesús se nos muestra lleno de vida, cuando nos sentimos llamados por nuestro propio nombre, y escuchamos la invitación que nos hace a cada uno. Es entonces cuando nuestra fe crece.
No reavivaremos nuestra fe en Cristo resucitado alimentándola solo desde fuera. No nos encontraremos con él, si no buscamos el contacto vivo con su persona. Probablemente, es el amor a Jesús conocido por los evangelios y buscado personalmente en el fondo de nuestro corazón, el que mejor puede conducirnos al encuentro con el Resucitado.

Año de la Fe en Pinar del Río. Testimonios de vida.

Tres mujeres católicas de la Familia Cabrera

Por: Mons. Antonio Rodríguez Díaz

Panchita Barrios

Ocupa el primer lugar entre los que han vivido su fe cristiana con el alto grado de la caridad heroica en estas tierras pinareñas. Nació a mediados del siglo XIX en las lomas de la Cordillera de los Órganos, cercanas al pueblo de Sábalo. Esposa y madre ejemplar. Tuvo varios hijos. Mujer de poca instrucción escolar; pero que era capaz de leer los libros de San Alfonso María de Liborio y de otros autores cristianos. Catequista de sus hijos y de todos los niños del vecindario de aquel lomerío. Solícita enfermera de todas aquellas personas que vivían en la zona. Desde su pobreza compartió y dio hasta lo único que tenía con el fin de ayudar a los necesitados. Fue siempre una referencia moral y religiosa para sacerdotes y fieles del pueblo. Ayudó a los padres jesuitas Saturnino y Barguren y Jesús Rivera en las misiones realizadas en la zona llamada “Las Cuevas”, situada, en las lomas de San Juan y Martínez.
¿Dónde estaba el centro de su fe cristiana? En el amor al Santísimo Sacramento del Altar y a la Misa casi diaria, aun cuando vivía a 20 Km del templo parroquial, al cual acudía a caballo o a pie. Al amor Eucarístico, hay que añadir su amor a la Santísima Virgen María en su advocación de Nuestra Señora de las Nieves. A principios del siglo XX, construyó una ermita de tablas y tejas dedicada a esta advocación mariana en la zona de “Las Cuevas”, aunque ella vivía en un bohío de tablas, guano y piso de tierra. A esa ermita iban los vecinos de “Las Cuevas” al piadoso ejercicio “De las flores de Mayo”, y al rezo del Santo Rosario. El párroco celebraba la Santa Misa en ese lugar cada 5 de agosto.
Una anécdota de la vida de Doña Panchita que revela la calidad de la fe católica de esta persona: en 1897, cuando el General Bermúdez , notable por su crueldad y sus crímenes, atacó el pueblo de Sábalo, esta recia católica se presentó ante él, y antes que el militar mandase a quemar la Iglesia de Sábalo, ella le pidió que le entregase el copón con el Santísimo Sacramento del Altar, las imágenes de los santos y los libros parroquiales. Todo esto lo trasladó en carreta hasta su lejano bohío. Allí los custodió hasta el fin de La Reconcentración. Concluida la herida profunda de la Reconcentración, el cura párroco de lo que hoy es la Catedral de Pinar del Río, en una mañana, vio desde lejos, que una mujer con un velo sobre su cabeza y una vela encendida en su mano derecha venía a pie al lado de una carreta en la que venían el Santísimo y los demás objetos religiosos con el fin de entregárselos a él. Mamá Panchita murió el 18 de junio de 1925. En 1960, el entonces P. Siro, reedificó la ermita de la Virgen de las Nieves, y allí en el lado derecho del retablo colocó los restos de esta santa católica.


N. B.: Poco tiempo después, en medio de la Guerra de Independencia, el General Máximo Gómez llevó a Bermúdez a Consejo de Guerra Sumarísimo, y fue condenado a la Pena de Muerte por fusilamiento. Antes de ser fusilado, el mismo Máximo Gómez lo degradó.

Caridad Cabrera

Hija de Doña Panchita. Nació en “Las Cuevas” de San Juan y Martínez a finales del siglo XIX. Todos los que la conocieron testimonian, de modo unánime, que su vida era más santa que la de su madre. Esposa y madre de varios hijos. Desempeñó abnegadamente las mismas labores hogareñas y apostólicas que Mamá Panchita; pero en el Valle de Isabel María, donde vivió con su esposo y sus hijos. Murió a temprana edad, antes que su madre, el 20 de diciembre de 1903.

Matilde Cabrera

Nieta de Doña Panchita y sobrina de Caridad Cabrera. Nació a fines de la segunda década del siglo XX en “Las Cuevas”. Murió en el año 2007, Pinar del Río. Ella siempre se sintió como una humilde continuadora de la obra de su abuela. Vivió hasta hace unos pocos años, antes de fallecer, en “Las Cuevas”, donde quedó sola, debido al traslado de los vecinos de aquel lugar, a zonas urbanas. Catequista de su antiguo vecindario mientras hubo niños en el lugar. Animadora de la fe de sus vecinos durante los difíciles años de la Revolución. Custodia de la capilla fundada por su abuela. Su vida matrimonial fue muy dura: un esposo rudo que no la comprendía  y la maltrataba verbalmente, en lo que él sabía que le dolía más: Dios. Sus hijos, como los de casi todos los padres, no resultaron ser como ella deseaba. Nunca se quejó. Sufría y lloraba estos dolores en el silencio de su bohío. Tampoco se quejó de las penurias materiales que vivía: falta de alumbrado, ausencia de agua de tubería, pues ésta había que traerla desde el río que se encontraba a un kilómetro de su bohío. Como es lógico, no tenía refrigerador, ni plancha eléctrica, ni televisor; sólo un radio de pilas; y así vivió hasta el inicio del siglo XXI. Por todas estas razones, nunca dejó de atender con esmero a su esposo, a sus hijos y sus nietos.
¿De dónde sacaba Matilde esta fortaleza de alma? De la misma fuente de donde la sacó su abuela y su tía: La Fe Católica. Los domingos y algunos otros días de la semana, caminaba a pie los 7 Km que mediaban entre su bohío y el entronque de la playa de Boca de Galafre, donde cogía la guagua que la conducía hasta San Juan y Martínez, distante del entronque referido a 14 Km. Al templo llegaba, no pocas veces, en ayunas, y con mucha antelación al comienzo de la Misa. Allí se arrodillaba en el reclinatorio a rezarle al Santísimo y rezarle el Rosario a la Virgen. También, no pocas veces, se desmayaba; pero su gran gusto era ser así, viviendo estas finuras de la fe en su Dios. Terminaba la Misa, hacía el recorrido inverso hasta su bohío.
No por esto dejaba de atender al esposo, a los hijos y a los nietos. Matilde era una mujer de un cuerpo muy delgado; pero de ademanes tan delicados, suaves y dulces, como si hubiera sido educada en un colegio de nobleza aristocrática.

 

 

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